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El deshabitado - Marcelo Quiroga Santa Cruz

Nicolás García Recoaro (07/02/2006 11:36)

Marcelo Quiroga Santa Cruz. Su vida y un acercamiento a su novela Los Deshabitados.

Por: Nicolás García Recoaro - 2006® nicolasgarciarecoaro∂yahoo.com.ar

Bolivia - Marcelo Quiroga Santa Cruz
El deshabitado

Los nombres de Tupac Katari, Tupac Amaru, “Che” Guevara y Bartolina Sisa se hicieron cuerpo en el discurso de asunción del presidente boliviano Evo Morales. No fue casual que el primer acto simbólico del primer presidente indígena de Bolivia haya sido recordar a los mártires que entregaron sus vidas en las sangrientas luchas por la reivindicación de los derechos de los pueblos originarios y los sectores más empobrecidos de la región andina. Dentro de ese grupo de caudillos indígenas, luchadores sociales y revolucionarios tercermundistas, el nombre del desaparecido escritor, Marcelo Quiroga Santa Cruz, aparece vivo en la memoria del pueblo boliviano.
Prolífico escritor, ensayista y político boliviano, Marcelo Quiroga Santa Cruz nació en el seno de una familia burguesa y terrateniente de Cochabamba, en 1931. Luego de pasar parte de su infancia y adolescencia en Chile y México, Quiroga Santa Cruz regresó a su oriente natal, el trópico cocalero boliviano, para trabajar como docente de letras y periodista.
Es en el escenario demarcado por los límites de la ciudad de Cochabamba, donde Quiroga Santa Cruz escribe su primera novela, “Los deshabitados” (1959), premiada por la Fundación William Faulkner con el galardón a la mejor novela iberoamericana, en 1962. Durante el invierno de 1957, a sus 26 años, el joven novelista crea una de las más maravillosas obras de la literatura boliviana; un canto a la soledad, poblado de desencuentros. El mundo que crea Quiroga Santa Cruz es un fresco con toques surrealistas de aquella sociedad todavía rural y feudal, también clerical, en una ciudad donde “cada vez se instalaban más fábricas”. La revolución nacional que se había instaurado en Bolivia el 9 de abril de 1952 será el inevitable trasfondo —no político sino ético y moral— de un horizonte desolador e incierto, correlato de la decadencia que prevalece en un alma colectiva que pretende superarse a sí misma, buscando los remansos de la fe. Cuando le preguntaban sobre la esencia de su primera novela, Quiroga Santa Cruz explicaba que: “había sido escrita como no debe escribirse nunca un libro: es casi una secreción. Comenzó a vivir bajo la forma de una extraña sensación de melancolía. Un poco después y a pesar mío, empezaron a tomar forma, como incubadas en esa luz tediosa y poética, algunas figuras humanas y un perro. Tuve que ponerles un nombre y después seguirlos con una culpable aunque ambiciosa docilidad”.
En la novela, Fernando Ducrot –alter ego del joven escritor- debate su vida entre la exasperante necesidad de plasmar sus ideas en un papel y las discusiones existenciales con el viejo y sabio párroco Justiniano: “Porque creo que el drama del hombre no es el de la vacilación frente a un dualidad; no nos habita ni siquiera una duda; no nos habita nada: estamos deshabitados”. Los dilemas morales y espirituales sobre la labor del intelectual y su compromiso social parecen no tener remedio, es la semilla del compromiso político que el propio Quiroga Santa Cruz encarnará durante el resto de su vida. El viejo párroco Justiniano alega que: “la sed de divinidad, de justicia, de belleza. Todos esos son valores que no podremos alcanzar. Utopías (…) Siento que nuestro vuelo puede ser emocionante a ras de tierra. Sí. Y estoy feliz de pertenecer al género humano. Cuando usted quiere desertar de él y aspira a convertirse en piedra, yo creo haber descubierto nuestra especie. Como un entomólogo enamorado de sus escarabajos, yo lo estoy del hombre”.


El saqueo de Bolivia

Su militancia política lo acercó a las ideas socialistas, donde militó en la Falange Socialista Boliviana (FSB), durante la década del sesenta. La gesta revolucionaria del “Che” Guevara, en Ñancahuzú (1967), fue lo que provocó el terremoto ético que cambió el rumbo político del joven Marcelo, que parecía tener destinado un futuro ligado a las políticas conservadores de las familias cochabambinas.
Como diputado de la FSB, Quiroga Santa Cruz presentó cargos contra el dictador René Barrientos, por haber facilitado a agentes de la CIA americana participar en el asesinato del “Che” Guevara en La Higuera, en 1968. Con la caída de Barrientos, el gobierno del general Alfredo Ovando Candia nombró a Quiroga Santa Cruz ministro de Minas y Petróleo. Pionero en la lucha por el control de los recursos naturales bolivianos, en poder de los grandes truts americanos, logró la nacionalización de los yacimientos controlados por la Gulf Oil Company.
Para los primeros años de la década del setenta, la fundación y dirección del Partido Socialista Uno, lo llevan a una bancada en el congreso boliviano. Luchando contra el mantenimiento y desarrollo del aparato policial y militar que sometía a Bolivia desde hacía décadas, su nombre comenzó a figurar en las listas negras de los jefes y oficiales de las fuerzas armadas. El golpe de Estado de general Hugo Bánzer (1971), apoyado por las petroleras norteamericanas, lo obligaron a un largo exilio en Argentina y México. Expulsado del congreso y confinado luego de presentar un juicio de responsabilidades contra el dictador Banzer, Quiroga Santa Cruz debe dejar Bolivia.
Dos libros escritos durante los años de exilio: “El saqueo de Bolivia” (1972) y “Oleocracia o patria” (1977), denuncian los negociados entre las élites bolivianas, el gobierno y las petroleras extranjeras. En su prólogo, Quiroga Santa Cruz escribió que: “Siendo costumbre de los escritores dedicar un libro a la persona que inspiró su redacción o en cuyo homenaje se rinde el esfuerzo intelectual, yo quiero que ésta, fruto de una pasión inextinguible por la libertad y la justicia social, le sea dedicada, póstumamente, a los que ya no verán la sociedad liberada de mañana y que ellos contribuyeron a organizar con su generosa sangre”.
Durante su exilio en la Argentina, Quiroga Santa Cruz trabajó como periodista en el diario peronista Noticias y como docente en la Universidad de Buenos Aires. Perseguido por la Triple A, debió dejar el país y radicarse en México DF. Sus colaboraciones en el diario El Día (1975-1977) fueron recopiladas en el libro “Hablemos de los que mueren”(1984).
Su labor como director de revistas culturales, obras de teatro, cortometrajes y crítica cinematográfica es impresionante. La totalidad de su obra ensayística y literaria, diseminada en folletos clandestinos, colaboraciones periodísticas, libros colectivos e intervenciones en clases universitarias, superaría las 4.000 páginas y aún esperan su publicación.
El pachakuti

Era un mediodía helado en La Paz, aquel del 17 de julio de 1980, cuando un grupo de paramilitares al mando del coronel narcotraficante Luis Arce Gómez invadió a punta de metralla la sede de la Confederación Obrera Boliviana (COB), donde un grupo de sindicalistas, obreros e intelectuales definían acciones para defender el gobierno de Lidia Gueiler, ante el golpe de estado que encabezaban las fuerzas armadas al mando del general Luis García Meza. Las órdenes de los militares eran claras: secuestrar y asesinar al diputado socialista y candidato presidencial Marcelo Quiroga Santa Cruz. Y lo hicieron, herido por una ráfaga de metralla, Quiroga Santa Cruz fue secuestrado y torturado hasta su muerte, en el cuartel general del aristócrata barrio paceño de Miraflores.
Desde hace más de 25 años, su nombre integra la trágica lista de desaparecidos del terrorismo de Estado, patrocinado por Washington, y ejecutado por los regímenes militares del Cono Sur. El ex general José Antonio Gil publicó, en abril del pasado año, una novela basada el los hechos ocurridos en Miraflores. En “Con la llanta pinchada”, se narran las horas en las que Quiroga Santa Cruz fue salvajemente torturado por los militares. Sus restos, jamás recuperados, fueron incinerados y esparcidos bajo el asfalto de la avenida de Los Leones, cerca del cuartel general de La Paz. Julio Cortazar, a quien Quiroga Santa Cruz había conocido en su exilio mexicano, denunció la desaparición del escritor boliviano y escribió al respecto que el poder mataba directamente a las voces que disuenan entre conformismos y críticas cautelosas, precisando en un ensayo que: “en hombres como Marcelo Quiroga Santa Cruz, asesinado en Bolivia porque su mera sombra era para los militares golpistas lo que el espectro de Banquo para la conciencia de Macbeth”.
En una entrevista, la fallecida periodista argentina Elsa Jascalevich preguntó al escritor boliviano: ¿cómo se define usted políticamente? Quiroga Santa Cruz respondió: "Lo que he realizado y voy a realizar guardará estricta consecuencia con un objetivo final: la sustitución de un régimen de explotación por otro en el que la justicia social sea posible”. Los pueblos originarios sienten que con la asunción de Evo Morales, el tiempo del Pachakuti ha comenzado, del retorno al equilibrio y la revolución de los olvidados. Tiempo de memoria y reivindicación de los pueblos marginados y de sus luchadores. En la introducción a su excelente estudio sobre Los mundos de los deshabitados, Giancarla Quiroga define la dimensión metafísica del término “deshabitado” a partir de su connotación en el contexto físico, de la relación casa-hombre que se aplica a un ambiente en el que nadie mora, pero que “resulta nuevo, inédito como tal, en cuanto se refiere a la designación —en sentido existencial y psicológico— de un estado de ánimo”.
Esta dimensión, entonces, es aplicable tanto a la vida como a la muerte. Y el alma deshabitada de Marcelo Quiroga Santa Cruz es una herida todavía abierta en la conciencia de los bolivianos: su cuerpo no aparece, hay una tumba vacía esperándolo. Hallar el cuerpo del escritor es una tarea que las autoridades bolivianas deben cumplir.
Marcelo Quiroga Santa Cruz retornará, será como el Pachakuti aymara. Cuando aparezca su cuerpo sin vida, su alma volverá a habitar en las multitudes que no lo olvidan.

Textual
“Pero esa tarde estaba decidido a no dejarse intimidar; sentía en sí mismo y con una honestidad absoluta, eso que los socialistas llaman la necesidad de autocrítica. La practicó con un estoicismo que provocaría la envidia de más de un dirigente sindical. Se dijo: “Basta de imágenes que no hacen sino distraerme. Seguiré hasta encontrar la verdadera causa. Es mejor decírmelo a quemarropa. Se acabó. No escribes porque temes darte una prueba que desmiente el inmenso talento que siempre te has atribuido. Y no es el temor de que alguien tome por tu mayor obra lo que no es más que un borrador, no –aquí, el método de la autocrítica llegó a proporcionarle la clase de placer que un mártir experimentaba en ser digerido por un león, o el que mantenía erguido a un anacoreta al que las aves y los insectos convertían en nido-; es el miedo de que cada frase no sea una obra maestra que tu orgullo pueda devorar, que no sea más que una frase como cualquiera y hasta con ciertos defectos, porque los tendrá.”
“Los deshabitados”, Plural editores, La Paz, 1959.







e-mail: nicolasgarciarecoaro@yahoo.com.ar      

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MARCELO, EL VERDADERO LIDER

OKAR 07/02/2006 20:48

EVO, CHAVEZ, LINERA....NO LE LLEGAN NI A LOS TALONES...UUUUUH QUE NOSTALGIAS DE TENER VERDADEROS LIDERES DE LA TALLA DE MARCELO.